Palabras del Presidente Hernán Andrade, a la comunidad de Afrocolombianos

Palabras del Presidente Hernán Andrade, a la comunidad de Afrocolombianos

Hermanas y hermanos, afrocolombianas y afrocolombianos:

 

Hace unos días, cuando preparaba estas palabras y pensaba en los mensajes que quería compartir con ustedes, pensé sobre todo en el cariño que tengo por sus comunidades, y en el respeto que me inspira la fortaleza con la que han enfrentado tantos padecimientos.

Por ello, pensé que, ante todo, en estas palabras era menester evitar los clichés, los lugares comunes, de los cuales seguramente ustedes están ya cansados. ¿Cuántas veces han venido a ustedes quienes dicen elogiar su cultura, su música, su gastronomía, sus danzas, y luego se van, con la misma indiferencia y con la misma actitud de abandono que siempre habían mostrado? Respetar a las comunidades afrocolombianas es valorar su gigantesca contribución cultural, pero también entender que este gesto no es suficiente: de nada vale que nos deshagamos en elogios por la música del Pacífico, o por las danzas de los palenques, si nuestras palabras no van a estar acompañadas por un interés genuino en estas comunidades: en sus dificultades, en sus necesidades, y en los dolores que han padecido. Y sobre todo, de nada valen esas palabras de elogio si no vienen con una verdadera intención de integrarnos, y de dejar de tratar a las comunidades afrocolombianas como si fueran otro país, que no merece nuestro tiempo ni nuestro interés.

Y en esta ocasión en particular nos reunimos, no solo para celebrar la inmensa herencia afrocolombiana, sino para hacer una pausa, y pensar en aquellas comunidades afro que, a lo largo y ancho de la geografía colombiana, hoy levantan airadas su voz de protesta: Buenaventura, Chocó, tantas otras. Ante esas protestas solo puedo decir una cosa: el único calificativo que les cabe es el de justas.

¿Acaso entonces qué se necesita para que una protesta sea justa? ¿No bastan dos siglos de marginación, precedidos por tres de esclavitud? ¿No basta el hecho de que, al día de hoy, sean las regiones afrocolombianas las que presenten un mayor índice de pobreza multidimensional? ¿No basta que sean los territorios afrocolombianos aquellos donde más se están expandiendo las bandas criminales, la minería ilegal y el narcotráfico? ¿No basta que el puerto de Buenaventura, de importancia capital para Colombia, no tenga agua potable de manera permanente? ¿No basta que por todo lado estemos llenos de indicadores que muestran dificultades y marginación? ¿Cómo puede vivirse dignamente cuando las regiones Pacífica y de San Andrés son las de menor acceso a gas natural y a alcantarillado, para solo poner un ejemplo? ¿Y qué será del futuro de nuestros niños y jóvenes afrocolombianos, en una época de rápido cambio tecnológico, cuando nos dice el Dane que son las regiones Caribe y Pacífico las de menor acceso a computadores, a Internet y a telefonía celular?

Y les pido que entiendan mis palabras como un acto de contrición en lo que a mí corresponde. Seguramente, desde mi posición como servidor del país habría podido hacer más por las comunidades afro. En realidad, creo que ningún servidor público debería pararse frente a las comunidades afrocolombianas sin pronunciar primero que todo las palabras “pido perdón”.

Quiero compartir con ustedes dos reflexiones y un propósito.

Primero, me siento orgulloso de haber apoyado el proceso de paz entre el Gobierno y las Farc, y de haber apoyado también el acuerdo de terminación del conflicto que emergió de ese proceso. Y si con ello en algo puedo haber contribuido al bienestar de las comunidades afrocolombianas, que sufrieron con especial dureza la crueldad del conflicto armado, pues mi alegría y mi orgullo se multiplican. Mi apoyo al proceso de paz surgió de un anhelo: toda mi vida tuve que atestiguar los estragos de la guerra en las comunidades populares y campesinas en las cuales crecí, en particular en el departamento del Huila, del cual soy oriundo. Mi anhelo fue el de ver algún día a esos campesinos, a las familias sencillas de las ciudades, a esos jóvenes, a esos agricultores, liberados del fantasma de la muerte en que habían sido condenados a vivir. No solo los de mi tierra, sino los de todos aquellos rincones del país que vine a conocer en mi actividad como parlamentario. Y fue ese anhelo, fue esa aspiración de ver en paz a la Colombia profunda y humilde, la que me ha llenado de fuerza para enfrentar los ataques de que he sido objeto por causa de esta posición. Ella me ha valido fuertes críticas incluso de algunos de mis copartidarios. Hay quienes me critican por considerar errónea la política de paz: yo respondo con la tranquilidad de haber apoyado un proceso serio y bien estructurado. Y hay quienes, en una falta de respeto que no deja de causar dolor, cuestionan los motivos de quienes hemos respaldado el proceso sugiriendo que lo hicimos a cambio de favores gubernamentales (lo que llaman “mermelada”). Me basta ver la cara de una madre, tranquila porque sus hijos no van a morir en combate, para hacer caso omiso de esas malintencionadas críticas.

Ahora bien: terminado el proceso y firmado el acuerdo, empieza la que tal vez será la tarea más dura: la de construir la paz efectiva, y la de impedir que el vacío que dejan las Farc se convierta en espacio para nuevas formas de violencia. Por ello, he venido advirtiendo de la manera como los cultivos ilícitos se están expandiendo en varias regiones del país como la costa pacífica, hogar de tantas comunidades afrocolombianas. He venido alertando sobre la actividad de narcotráfico en dichas zonas. Y he llamado la atención sobre la creciente violencia, asociada con el narcotráfico, la minería ilegal y la criminalidad organizada: esa violencia amenaza con arrebatar la vida a una generación joven de afrocolombianos, casi todos ellos pobres. En reciente debate de control político en el Senado, mostré las pruebas de cómo las organizaciones criminales han ido armando a los jóvenes de Quibdó, y los están convirtiendo en carne de cañón para sus negocios ilícitos. Les pido que me acompañen en estos llamados, y hagamos así que el Gobierno Nacional entienda que la tarea difícil apenas va a comenzar.

Y nos queda pendiente una tarea: la de lograr que la comunidad afro tenga la representación política que necesita y que merece. Viendo la situación de pobreza y marginalidad en la que viven muchos afrocolombianos, es inevitable preguntarse si ello no obedece, al menos en parte, a que no han tenido el debido acceso a las instancias deliberativos y decisorias del Estado colombiano: tal vez allí habrían podido advertir sobre su situación, y propiciar la formulación de políticas en pro de sus regiones y sus gentes. Por esto, y aprovechando la inminencia de una reforma policial y electoral, en la que seguramente se adoptará la lista cerrada para las elecciones parlamentarias, anuncio que voy a proponer la obligatoriedad de que dichas listas, todas ellas, contengan al menos una persona afro en los primeros veinte lugares. Y digo “al menos”, porque el llamado que haré a todos los partidos es que, además de cumplir con esa nueva obligación, incluyan por criterio propio y por convicción propia a más miembros de esta parte de nuestra Colombia. Sé que hay muchos críticos a quienes no gustan estas acciones afirmativas, y a ellos respondo: cuando además de la pobreza se sufre la discriminación, y cuando se viene de condiciones históricas tan agobiantes de marginación, no basta con garantizar la mera igualdad jurídica de condiciones, pues está demostrado que es necesario inducir un cambio social mediante acciones concretas. De lo contrario ese cambio tardaría mucho en llegar, o bien podría no producirse nunca. Y también habrá quienes digan que han sido los propios líderes de la comunidad afro quienes han traicionado a su comunidad mediante la corrupción y la mala administración. Admito la observación, pero rechazo la generalización. Es cierto que ha habido gobernantes corruptos en comunidades afro, pero ello hace parte de un fenómeno nacional de degradación de la política, y no es un problema exclusivo de los afrocolombianos: ¿no ha habido grandes casos de corrupción en el resto del país, en la misma capital? Veo en esto, por el contrario, una razón adicional para incentivar más participación: ello dará a las comunidades mayor capacidad de control sobre la conducta de sus representantes.

Finalmente, no puedo hacer nada más que ponerme a disposición de todos ustedes, hermanas y hermanos afrocolombianos. Desde mi posición como Senador de la República, y desde mi posición como Presidente del Partido Conservador, quiero tener mis ojos abiertos y mis oídos atentos a sus inquietudes y a sus necesidades. Solo les pido que cuenten conmigo, y que me reprendan amistosamente cuando perciban que soy negligente con sus necesidades. Muchas gracias.

 
Hernán Andrade Serrano
Presidente  Partido Conservador Colombiano