Macron o la victoria de Europa – artículo 01

Macron o la victoria de Europa – artículo 01

Por Carlos Martínez Simahan

 

Cuando todavía estaban abiertas las heridas de la segunda guerra mundial el Ministro francés de Relaciones Exteriores, Robert Shuman, dio a conocer el 09 de mayo de 1950 la declaración que lleva su nombre en la cual propuso La Comisión Europea Del Carbón y Del Acero, pues “La Paz Mundial no puede salvaguardarse sin unos esfuerzos creadores equiparables a los peligros que la amenazan”. Empezó, así, el sueño de la integración europea contemporánea que le ganaría al viejo continente respeto y reconocimiento en la geopolítica mundial. Eran los tensos tiempos de la guerra fría en los cuales los países europeos oficiaban de peones en el juego perverso de las dos grandes potencias. La Comunidad del Acero y el Carbón cambió el ajedrez y sentó a Europa al tablero como pieza principal.

 

El camino de la integración tocó elaborarlo con manos de seda. Las particularidades de los países no facilitan tamaña tarea, y menos en Europa donde las regiones tienen tanto peso histórico que muchas siguen luchando por su independencia. Pero, lo que la economía exige la diplomacia lo logra: en 1957 se firma el Tratado de Roma que creó La Comunidad Económica Europea, un gran paso en la búsqueda de “las 4 libertades de circulación”: personas, capitales, mercancías y servicios. Es decir, el camino hacia el Mercado Único que se acordó en 1993. Mientras tanto, el comercio creció impulsado por la práctica, establecida en años anteriores, de una política agrícola común que fue especialmente exitosa.

 

Un heredero del europeísmo de De Gaulle y Presidente de La Comisión Europea (1984-1994), Jacques Delors, en 1988, presenta el plan que condujo al Tratado de Maastricht y a la moneda única, el Euro, que es la más alta concreción del sueño. Por eso, la unión europea ampliada a 28 países, supera las crisis económicas y las tempestades políticas. Así el Brexit la halla estremecido, se ha terminado por entender que el Reino Unido es consecuente con su propio y altivo destino: anglosajón y solitario.

 

Ahora, Francia, la iluminada Francia, responde democráticamente con alas en los pies, como la simbólica Victoria de Samotracia, que contemplamos en el Louvre. Estábamos en momentos de cielo nublado. El populismo, fenómeno que crece al amparo de las carencias del presente, causadas por la insoluta crisis financiera y sumada a la desconfianza en los políticos, avanzaba peligrosamente. Por eso mismo, el triunfo de Macron es, a su vez, el triunfo de Europa, el cierre de puertas a la intolerancia de la ultra-derecha y al socialismo radical de una izquierda que ha perdido el rumbo y perdido países. Es el triunfo del Centro, ciertamente amorfo pero siempre sensato. El país galo ha respondido a la esperanza de una democracia de ciudadanos, a una juventud que asume sus responsabilidades y derrota los escepticismos. Se ha acorazado la cultura de occidente, la nuestra, amenazada por los flancos del fundamentalismo cruel y por la oleada de inmigrantes que requiere la comprensión de sus dramáticas circunstancias. En fin, se impuso “la planicie”, muchas veces desconsiderada por pensadores que solo creen en su particularísima interpretación del mundo. Es más inteligente usar el realismo que rechazarlo, aconsejaba Sartori.