Palabras del Presidente Hernán Andrade Serrano en el Gran Homenaje Nacional a Roberto Gerlein, el Decano del Congreso

Palabras del Presidente Hernán Andrade Serrano en el Gran Homenaje Nacional a Roberto Gerlein, el Decano del Congreso

Señoras y señores:

Como seguramente ustedes saben, mi carrera parlamentaria está a punto ya de finalizar. De ella tengo, como se imaginarán, muy numerosos recuerdos. Permítanme contarles uno de los que conservo con más claridad en mi memoria.

Fue muchos años atrás. Yo era lo que llaman un primíparo en el Congreso, un joven que acababa de llegar a la Cámara de Representantes. Y como buen primíparo, lo que yo más quería era hablar. Hablar para que me vieran, para que me reconocieran, para que me tuvieran en cuenta. Pedí entonces la palabra durante una junta parlamentaria. Preparé mentalmente y en papel mis comentarios. Me puse naturalmente nervioso, y contaba los segundos para que llegara mi intervención, con la cual aspiraba a causar una impresión buena en los asistentes. Me enteré, de pronto, que alguien había pedido la palabra antes de mí: no iba a ser yo el primero, y si quería causar una buena impresión, iba a tener que hacer un esfuerzo adicional: no solo hacer una intervención que fuera en sí misma buena, sino buena comparada con la anterior. Me preparé. Le dieron entonces la palabra a quien se había inscrito antes de mí. Admirado, en los minutos siguientes, tuve que observar el más excelente despliegue de oratoria, de calidad, de solidez, e incluso de buen ritmo y cadencia. La observé asombrado, pero también deleitado, pues habría que ser muy insensible para no disfrutar de semejante oratoria. Cuando ese primer orador terminó, de cierta manera me vi a mí mismo, y reconocí en mí una gran pequeñez. Hablé, pero como era de esperarse mis palabras poco pudieron hacer para impactar al público, un público que ya había escuchado esa intervención anterior que iba a ser imposible de igualar. Me sentí nuevamente pequeño, primíparo, inexperto e inseguro. Cómo habría acaso uno de sentirse cuando observaba a ese coloso de la vida parlamentaria, a ese maestro de la vida política nacional, llamado Roberto Gerlein Echeverría.

Y esa pudo haber sido la primera lección que como primíparo aprendí de Gerlein, pero no la última. Vendrían muchas más. Algunas de ellas relacionadas con los temas del gobierno del país, y de las diferentes áreas de la administración del mismo, las cuales él ya conocía muy bien. Pero otras, tal vez las más profundas y significativas, tienen que ver con la dimensión propiamente humana de la vida parlamentaria, y fueron lecciones que él nos enseñó más con su conducta que con sus palabras. Tengo presente, por ejemplo, lo que de él aprendí sobre la insignificancia de los títulos y los cargos honoríficos: en el Congreso, los jóvenes, los nuevos, estábamos siempre ansiosos por ocupar un cargo: una presidencia de comisión; la presidencia de senado o cámara; y claro, se nos veía y se nos notaba esa ansiedad. Me di cuenta entonces un día de que Roberto Gerlein jamás había codiciado ninguna de esas dignidades, y más aún, como se dice en nuestro argot, no lagarteó por ninguna de ellas como tantos otros hemos hecho. Reconocí entonces la sabiduría de Roberto Gerlein: él sí sabía dónde estaba el verdadero poder, y dónde estaba la verdadera capacidad de hacer cosas, de influir y de trascender. No en un cargo, que a veces no es más que letra en un papel, del que uno saldrá un año después a engrosar una larguísima sucesión de ex ocupantes del cargo, la mayoría de ellos permanentemente olvidados por la opinión nacional. La verdadera importancia, el verdadero poder, y la verdadera trascendencia, están en el ejercicio constante y juicioso del deber parlamentario: en nuestra capacidad de representar a nuestras regiones, y hacerlo con inteligencia y dedicación a lo largo del tiempo. Eso fue, y eso es, Roberto Gerlein Echeverría, y esa profunda lección que tantos desconocen me la enseñó él con su ejemplo. Me la enseñó ese hombre que tuvo la generosidad de referirse a mí en un evento del año 2004 con las palabras “yo soy hincha de Hernán Andrade”.

Fueron décadas en el Congreso, y fueron décadas en el conservatismo. Décadas que nos conectan con aquella época ya olvidada y a veces despreciada de nuestra historia, el llamado Frente Nacional, de cuyo espíritu, en el mejor sentido posible, considero legatario al doctor Roberto Gerlein. Hoy suele verse al Frente Nacional con una connotación desfavorable, como una época en la que se incubó el clientelismo. Pero suele olvidarse que en esa misma época se construyó un espíritu de trabajo conjunto entre los partidos, y de dar prioridad al país y a sus necesidades por encima de los enfrentamientos partidistas, aquellos que, en la primera mitad del siglo pasado, habían dividido gravemente a la sociedad colombiana, y habían desembocado finalmente en una horrenda época de violencia. Tenemos entonces en Roberto Gerlein a un político que fue conservador sin jamás ser sectario: sin negarse a trabajar con los demás partidos si así lo requerían las necesidades nacionales. Todos elogiaban siempre y reconocían su carácter conciliador. Se pregunta uno si tal vez los jefes máximos del conservatismo debieron haber dado más espacio a personas como Gerlein y a otros de su generación, quienes hacia los años noventa estaban ya listos para dar el paso hacia la dirección más alta del Estado y hacia la presidencia de la república: un Gerlein presidente, por allá a principios de los noventa, habría sido capaz de integrar al país, pues conocía bien la integridad del mismo. Si mi lectura de la historia es correcta, fueron decisiones de nuestros máximos dirigentes las que impidieron eso, en particular las decisiones que en los comicios de 1990 tomaron Misael Pastrana y Álvaro Gómez. No soy yo nadie para cuestionar sus razones, pero insisto, cuánto bien le habría hecho a Colombia un Roberto Gerlein dirigiendo el gobierno nacional.

Aquel lector noctámbulo, y por ello inmensamente culto, ha sido reconocido también por el aspecto con el cual inicié estas palabras: la oratoria. Y escuchen bien: su oratoria fue grande entre los grandes: eran otras épocas del Congreso de Colombia, en las que hubo legisladores de inmensa cultura y elegante oratoria. Entre ellos, no entre nuestra generación actual menos diestra en ese arte, sobresalió la oratoria de Roberto Gerlein. Y alguien podría pensar, al verlo levantarse de su curul y empezar a pronunciar sus palabras, que estaba improvisando. ¿Improvisando? Improvisaba tanto como Churchill, quien se encerraba durante horas en su estudio y le decía a su secretaria: “que nadie me moleste, voy a preparar mi improvisación de mañana”. Cada palabra de Roberto Gerlein está calculada inteligentemente para producir un efecto que él se ha propuesto. Y lo que a muchos parecerá improvisación es solamente un trabajo muy rápido de la inteligencia, y de la buena estrategia parlamentaria. Recuerdo que, tras aquella famosa intervención sobre las relaciones entre personas del mismo sexo, en la que usó el adjetivo “excremental”, me explicó que ello no había sido para nada un accidente o una ocurrencia: “si no digo eso no pasa nada”. Era un recurso usado de manera inteligente en un momento de debate parlamentario. Y añadió en conversación conmigo, hablando de otro término utilizado: “no te preocupes, Hernán, esa palabra no existe, me la acabo de inventar”.

No podemos olvidar, tampoco, la manera como Roberto Gerlein defendió y promovió la salida negociada a la conflagración colombiana. Fueron décadas de intentos fallidos, hasta que lo logramos. Y quienes apoyamos este último intento no lo hicimos, como frecuentemente se dice, por haber recibido aquellos favores gubernamentales hoy conocidos como “mermelada”, sino por la convicción de que este proceso iba a permitir al país alcanzar la concordia.

Pues bien: todos esos años de servicio al país, combinados con las reflexiones y con la cultura de un hombre como Gerlein, solo podían producir unos análisis muy agudos de las realidades de nuestro orden constitucional. Ese orden que está escrito en el papel de una cierta manera, pero que en la vida práctica y concreta de nuestras ciudades y campos, de nuestras regiones y de nuestras veredas, se expresa de maneras más complejas e insospechadas. Y él conoce muy bien la parte de aquel orden que está escrita en las normas, como puede testimoniar su obra La estructura del poder en Colombia. Pero conoce también, y con mucha agudeza, aquella estructura real de poder que no está escrita. La gran preocupación de Roberto Gerlein sigue estando vigente hoy, y es el carácter muy acentuado del presidencialismo en el ordenamiento colombiano: ese presidencialismo no solo produce una acumulación excesiva de poder en el ejecutivo, sino que termina condicionando la legitimidad misma de todo el sistema político. Alguna vez, hace años, Roberto Gerlein me hizo una observación, cuya veracidad ustedes podrán verificar fácilmente: es tan central el papel del Presidente en el orden nacional, que la legitimidad de los demás órganos del sistema sube y baja al vaivén de la imagen del Presidente. Así, cuando ha habido un presidente en extremo impopular, el desasosiego de los colombianos se cierne como un manto negro sobre las demás ramas del poder, en especial el Congreso. Ese Congreso cuyo poder está tan disminuido, que el propio Gerlein lo ubicaba en el último lugar en la escala del poder real, tan diferente al formal: primero el hiperpoderoso presidente; después los medios de comunicación y sus directores, que se han convertido en jueces y en determinadores de la opinión; después la embajada de Estados Unidos, las cortes, y finalmente nuestro maltrecho legislativo. ¿Y qué decir de su análisis sobre el clientelismo, que evidenció la realidad de la que aquí nadie quería hablar? Solo Gerlein ha hecho ver que el clientelismo en Colombia se practica en todos los niveles de la escala socioeconómica: y aquellos que se quejan del clientelismo que se vive en pueblos y veredas, olvidan o callan ante la manera como los más ricos y poderosos buscan favores de los políticos y del gobierno, cosa que también es, en estricto sentido, clientelismo. ¿Y qué decir de las intuiciones de Gerlein sobre la estructura regional del poder en Colombia? Fue él quien un día me dijo que todo el poder en Colombia pasa finalmente por Antioquia. Y ha sido él uno de los mayores voceros de los reclamos de la región Caribe, que ha sido gobernada con indiferencia y paternalismo desde el centro del país, y que por ello, consciente de sus capacidades y talentos, reclama justamente mayor autonomía.

Pero Roberto Gerlein no ahorró en talentos. Llevando en su corazón y en su temperamento los ancestros germánico, vasco y caribe, fue mucho más que un gran parlamentario. Y mucho más que un agudo analista de la estructura política nacional. ¿Mencioné que fue tenista de competencia? ¿Mencioné que sus ocurrencias y apuntes eran famosos? Como aquella ocasión en la que un joven presidente del Senado pidió en una encendida intervención que lo investigaran las autoridades; Gerlein luego lo llamó a un lado y le dio un consejo: “jamás vuelvas a pedir que te investiguen?” –¿Por qué, Robert?, preguntó el joven presidente? — “¡Pues porque te investigan!”.

Pero en realidad lo que quería decir al hablar de sus muchos talentos era referirme al que a mí más me impresionaba: su carácter de visionario. Su capacidad de ver años adelante lo que iba a ocurrir y lo que habría de hacerse. Fue este el hombre que vio que la circunscripción nacional del Senado iba a multiplicar el costo de las campañas políticas, introduciendo así en ellas los vicios que Colombia apenas hoy descubre y lamenta. Fue este el hombre que supo que el TLC con Estados Unidos iba a ser una oportunidad dorada para la ciudad de Barranquilla, la cual aprovecharía no solo su ubicación geográfica, sino su carácter ya consolidado como ciudad comercial e industrial, con una clase media educada, trabajadora y pujante.

Y vio algo más. Tuvo otra intuición por la cual este país le tendrá que estar agradecido. Supo desde temprano que la mejor opción para la presidencia de la república iba a estar en cabeza de Iván Duque Márquez, hoy en fórmula con Marta Lucía Ramírez. Nuestro Partido Conservador ha tomado la decisión oficial de apoyar esa candidatura, y solo podemos agradecer a Roberto Gerlein haber identificado, ya tiempo atrás, que esta iba a ser la decisión correcta. Meses de vacilaciones nos habríamos evitado si desde el principio hubiéramos escuchado a Roberto Gerlein, y hubiéramos hecho caso a su aguda intuición. Tenemos un candidato a la presidencia joven, entusiasta y lleno de talentos, a quien estamos felices de dar nuestro apoyo, y de quien tenemos la seguridad será un gran mandatario para nuestro país. Y lo acompaña en esta aspiración una muy digna representante del conservatismo, la doctora Marta Lucía Ramírez, que no ha hecho más que entregar al servicio público sus innumerables talentos: su conocimiento, su honestidad, y su asombrosa e infatigable capacidad de trabajo. Cuánto tiene que agradecerle Colombia a Marta Lucía Ramírez, y cuánto tiene que agradecerle este partido, por haber elegido el servicio público, con toda su carga de sacrificio e ingratitud, en lugar de una vida en el mundo privado donde sus talentos habrían sido más que codiciados. Nos enorgullece decir que tiene Marta Lucía Ramírez tiene un liderazgo natural sobre este partido, y que todos reconocemos ese liderazgo. Y en la conformación de esta alternativa a la presidencia ha sido también de destacar el papel que cumple el ex presidente Andrés Pastrana, a quien además hay que reconocer y agradecer su infatigable lucha por la libertad de Venezuela. Y conocedor de lo que esta tragedia ha significado para los venezolanos, muy a tiempo nos advierte contra el riesgo de que Colombia transite por el mismo camino.

Finalmente, no puedo dejar pasar esta ocasión sin expresar el siguiente sentimiento. Me llena de dolor e indignación el hecho de oír, de boca de quien acompañó a los secuestradores de Álvaro Gómez y a los asesinos de su humilde y abnegado escolta, la expresión “acuerdo sobre lo fundamental”, expresión que debemos a la sabiduría de ese líder y maestro. Solo espero que esa impostura no tenga éxito, y sea castigada en las urnas.

Doctor Roberto Gerlein: fue usted, y siempre será, un maestro para mi generación, y para sucesivas generaciones de políticos y parlamentarios. Cincuenta años de vida parlamentaria caracterizados por el desprendimiento personal: este hombre, cuya mente está siempre en los problemas del país, es sencillo y despreocupado en la vida cotidiana, y ni siquiera le interesa mantener dinero en sus bolsillos. Gerlein el visionario: Gerlein el buen padre; Gerlein el buen esposo; Gerlein el estadista; Gerlein el hombre caribe y universal; Gerlein el mariano devoto: usted se va de la vida parlamentaria, pero su espíritu trasciende, se queda aquí con nosotros, y ojalá seamos nosotros dignos de esa presencia.

El país y el Partido Conservador lo tendrán siempre como un maestro. Este humilde homenaje es poco o nada comparado con la deuda que Colombia entera tiene con usted, y la cual, espero, seamos siempre capaces de honrar.

 

Hernán Andrade Serrano
Senador de la República
Presidente del Partido Conservador Colombiano

 

5 de junio de 2018