Palabras del Presidente Nacional del Partido Conservador Colombiano, Senador Hernán Andrade Serrano.

Palabras del Presidente Nacional del Partido Conservador Colombiano, Senador Hernán Andrade Serrano.

Señoras y señores:

¿Qué se necesita para que triunfe el mal? Muy simple: según Edmund Burke, para que triunfe el mal sólo se requiere que los demás no hagamos nada. Que permanezcamos en la indiferencia. Añadiría yo: basta que, desde la comodidad de que hoy gozamos en la compañía de todos los presentes, olvidásemos a quienes en este momento dan la vida, dan su sudor y hasta su sangre, por la restauración de la libertad y la democracia en Venezuela. Por ello, considero que es mi deber moral ineludible iniciar esta intervención con un profundo saludo de solidaridad a la nación venezolana, nuestra hermana, a cuyo lado hemos vivido desde los tiempos de nuestro padre común. Un profundo saludo a los presos políticos. Un profundo saludo a las madres que no encuentran alimentos para sus hijos. Un profundo saludo a quienes no consiguen medicinas en los hospitales. Un profundo saludo a quienes reclaman lo que no es más que su derecho mínimo y elemental: el de disfrutar de la libertad, y el de tener un gobierno elegido libremente, y que responda ante el pueblo. Unámonos todos en este saludo, y no dejemos que pase ni un minuto sin recordar a nuestros hermanos de Venezuela.

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Quien les habla preside un partido, en tiempos en los que, de acuerdo con encuestas, el 77 por ciento de los colombianos tiene una imagen desfavorable de los partidos políticos. No sería esta la ocasión para el complejo análisis de los orígenes de esta realidad. Sí es, sin embargo, la ocasión para que reflexionemos sobre el futuro, y emprendamos la labor de pensar cómo vamos a lograr que nuestro partido supere esa desconfianza ciudadana. Y esto no es un simple ejercicio: es un deber urgente, pues en los próximos años la política colombiana hará transición hacia un escenario lleno de incertidumbres: el de una guerrilla desmovilizada, que actúa en la arena política como consecuencia de una negociación de paz. Si quienes defendemos las instituciones republicanas no estamos listos para hacerlo con solidez y firmeza, y no logramos reconquistar la confianza de la ciudadanía, los colombianos podrían elegir el camino de lanzarse a experimentos peligrosos.

¿Y cómo empieza, en mi opinión, ese ejercicio de fortalecimiento de nuestra organización? Empieza por entender, parafraseando la Canción de mí mismo del poeta Walt Whitman, que un partido político contiene multitudes. Dentro de sí mismos los partidos contienen diversidad de ideas y perspectivas, agrupadas, claro está, dentro de lo que podríamos llamar una región del pensar político. Compartimos unos principios fundamentales, aquellos que hacen que el nuestro sea un partido conservador. Pero dentro de la amplitud que dichos principios permiten, es natural que entre nosotros surjan discrepancias frente a temas concretos de la política pública. Y ello, lejos de ser síntoma de debilidad, es un indicador de fortaleza. Basta asistir a cualquiera de las conferencias de los grandes partidos políticos del mundo, y se constatará esa diversidad. Mírese el caso de los partidos británicos: en el Partido Conservador o Tory conviven los amigos de una economía de mercado cambiante y globalizada, con quienes se apegan más a los modos de vida tradicionales. En el Partido Laborista encontraremos a quienes agitan una bandera obrera, junto con quienes creen en la modernización económica. ¿Dejan por ello de ser partidos? No: signo de su fortaleza es su capacidad de permanecer unidos y mirar hacia adelante, debatiendo dentro de su seno aquellas diferencias.

Como se imaginarán, tengo en mente una circunstancia reciente que afloró en el conservatismo colombiano, alrededor de la negociación entre el Gobierno y las Farc. Un sector de nuestro partido, representado por varios de sus líderes políticos y de opinión, manifestó objeciones a la negociación o a los términos del acuerdo, y en consecuencia propuso votar negativamente el plebiscito del 2 de octubre. Otro sector consideró que lo correcto para nuestro país era apoyar la negociación y posteriormente el acuerdo, por lo cual dicho sector apoyó la opción del sí. ¿Puede pensarse en una diferencia más aguda? Tal vez no. ¿Y acaso vamos a decir, por causa de esa diferencia, que no son verdaderos conservadores los que están en uno u otro lado de la polémica? Por supuesto que no. Quien les habla apoyó la negociación y el acuerdo; y no tengo más que respeto por quienes sostuvieron la opinión contraria: creo que lo hicieron con valor, con argumentos, y siempre pensando en el bien común. Cosa esta que nos une en último término: tanto quienes apoyamos el acuerdo como quienes lo objetaban, no pensábamos en cosa distinta al bien de nuestro país. Por ello, todos son bienvenidos en el seno de este Partido Conservador, y sus voces serán escuchadas. Y se evitará caer en caracterizaciones injustas o peyorativas de uno u otro sector: es inadmisible caracterizar a los críticos del acuerdo como amigos de la guerra y enemigos de la paz; como inadmisible es caracterizar a los partidarios de la negociación como beneficiarios de la llamada “mermelada” gubernamental. Una organización deliberativa debe partir de un principio básico del diálogo: el tratar a mi interlocutor con dignidad, atendiendo a sus tesis, y evitando cuestionar la autenticidad de sus motivaciones. Si hemos de dialogar, si hemos de entendernos, dejemos de llamar a unos amigos de la guerra, y a otros amigos de la “mermelada”.

En segundo lugar, el ejercicio de fortalecer nuestro partido implica que cambiemos cuando las circunstancias históricas cambian, conservando, eso sí, nuestro núcleo de principios. ¿A qué me refiero? El nuestro es ya un partido veterano, que lleva 168 años ofreciendo sus servicios a Colombia. Pero las realidades de la vida social y política han cambiado mucho en ese lapso, y en particular una de ellas obliga a una reflexión y a un cambio. Hace aproximadamente diez años, la revista Foreign Policy pidió a un grupo de pensadores que mencionaran, cada uno de ellos, una institución o una idea que existiera hoy, y que muy probablemente desaparecería pronto. El ex presidente de Brasil Fernando Enrique Cardoso mencionó a los partidos políticos. ¿Por qué? A juicio de Cardoso, quien, recordemos, fue sociólogo e historiador antes de ser presidente, los partidos políticos surgieron en la modernidad para cumplir un papel muy definido y claro: el de ser intermediarios entre el Estado y los individuos agrupados en la sociedad civil. Y ese papel cumplieron durante tres siglos, pero los tiempos han cambiado, y la sociedad civil, y los individuos que la componen, cada vez sienten menos la necesidad de intermediarios: sienten que pueden hablar directamente al poder, y que el poder puede comunicarse directamente con ellos. De este cambio, hasta ahora, hemos visto más lo malo que lo bueno: la política espectáculo, su frivolización, y el progresivo reemplazo de los partidos por figuras individuales. Pero es un hecho que ese cambio ha llegado, y ante él tenemos dos alternativas: lamentarlo con obstinación, o trabajar para encontrar nuevas maneras de cumplir un papel en la democracia. Ello implicará que pensemos en tecnología, y en comunicación. Pero implicará, sobre todo, que tratemos de entender estas nuevas formas de interrelación y de movimiento de la sociedad. Sin caer en el facilismo en el cual han caído muchos partidos y muchas figuras en el mundo, quienes parecen haber olvidado que la democracia, incluso la actual, necesita líderes, y por el contrario se han vuelto seguidores de las engañosas y efímeras tendencias que muestran las redes sociales e incluso las encuestas.

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Hagamos de este Partido Conservador una organización digna de representar a una Colombia que, en general, es conservadora. Así lo registran numerosos estudios y sondeos, los cuales muestran que los colombianos valoran instituciones y principios como el trabajo duro, el éxito a través del mérito, la propiedad privada, la familia, y el ejercicio constitucional de la autoridad. Lo registró hace décadas el sociólogo Luis Eduardo Nieto Arteta, quien escribió que, gracias al cultivo del café y a la industrialización, Colombia se volvió una nación políticamente moderada. ¿Pero qué pasará con esa nación, si el partido más cercano a su sentir no se ofrece como opción digna y real de gobierno? Tal vez, como ya antes sugerí, los colombianos, huérfanos de liderazgo y representación, se lancen a peligrosos experimentos que comprometan los valores fundamentales de nuestra república. Por ello, el conservatismo tiene que empezar a prepararse desde hoy mismo para ser opción de poder y de gobierno, y para llegar a 2018 con una alternativa propia, revestida de toda nuestra fortaleza de ideas y de programas, y empujada, simultáneamente, por la energía de tantos jóvenes que nos acompañan, y por la  experiencia de quienes ya hemos estado en el servicio al país. Para esto, convoquemos también a aquellos sectores y personas que, siendo afines a las ideas del conservatismo, han buscado otras agrupaciones y movimientos. Y ofrezcámosle a Colombia una alternativa para 2018 que enarbole la defensa y dignificación de nuestras instituciones, y que sea baluarte contra quienes quisieran que Colombia camine por la senda de la tragedia venezolana.

En el plazo inmediato, seguiremos expresando al Gobierno Nacional una serie de preocupaciones crecientes y profundas: el narcotráfico, cuyas cifras han alcanzado máximos históricos, y que ante la ingenuidad de varias posturas recientes amenaza con ser nuevamente el gran corruptor de nuestra democracia, y el gran destructor de campos, de bosques, de vidas y de familias campesinas; la criminalidad organizada, que parece estar expandiéndose hacia las áreas donde antes existía el conflicto con las Farc, de la mano del narcotráfico, la minería ilegal y otros negocios criminales: esa delincuencia organizada está matando a nuestra juventud, en ciudades y en pueblos. También nos preocupa la oleada de asesinatos de líderes campesinos y sociales, pues parecen pocos o inexistentes los esfuerzos para impedirla.

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La ocasión que hoy nos convoca promete ser un derroche de ideas, de controversia académica, y de buen debate. Hablaremos de la corrupción, ese silencioso enemigo que ha venido mostrándose como la gran amenaza a la estabilidad y a la viabilidad de nuestro sistema político, pues lo resquebraja desde adentro, y erosiona poco a poco la credibilidad de los ciudadanos. Hablaremos de la participación de la mujer: este partido se compromete con la igualdad, y con darles a las mujeres el espacio que siempre han debido tener; es el país el que pierde si se priva de su inteligencia y de sus contribuciones. Hablaremos del liderazgo joven: es allí donde están nuestras esperanzas, y son esos jóvenes quienes tendrán, más que nadie, la tarea de restaurar la credibilidad en los partidos; tenemos el privilegio de contar con una amplia y sólida base juvenil, aquí representada. Hablaremos del posconflicto, de esa nueva fase que nos produce una mezcla de esperanza e incertidumbres: y hablo por quienes apoyamos el proceso de paz, pues ese apoyo ahora debe transformarse en vigilancia activa, para advertir en todo momento los descuidos que puedan frustrar esta esperanza: descuidos con el narcotráfico, con la presencia territorial efectiva del Estado, y con la criminalidad organizada. Hablaremos de la democracia en América Latina, y para ello tenemos un panel de lujo; nuestra región vive en esa extraña mezcla de apego por las instituciones democráticas, con frecuentes desvaríos hacia el populismo y hacia el caudillismo; de ello, ejemplo triste como ninguno es la hermana Venezuela: ¿cómo llamar a lo que está ocurriendo allí, si no es con la palabra “masacre”?, ¿qué calificativo darle a quienes ordenan el encarcelamiento de políticos y estudiantes, y el asesinato de ellos mientras ejercen su derecho natural a la protesta, si no es con el calificativo de “criminales”? No dejemos que el lenguaje sirva de velo protector para este régimen, y llamemos sus acciones como deben ser llamadas. Hablaremos del desafío que el populismo presenta a la idea, tan esencial a nuestro corazón, de la economía social de mercado: nuestro partido sigue y seguirá defendiendo, como camino por excelencia hacia el desarrollo y la justicia, una economía de mercado, con respeto a la propiedad privada, empujada por la iniciativa de grandes y pequeños empresarios, conectada con el mundo, manejada con prudencia y responsabilidad, y a la vez guiada por un marco ético y legal de valores, de justicia, de protección por los más débiles, de moral empresarial, y de presencia inteligente del Estado allí donde se le requiera. Y hablaremos del narcotráfico, maldición histórica que no ha permitido que Colombia alcance el grado de paz y desarrollo que quieren sus gentes; he venido advirtiendo, y lo seguiré haciendo, sobre el preocupante incremento de los indicadores de esta actividad.

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Estando aquí reunidos, en esta ágora de ideas y de estudio que lleva el nombre de Sergio Arboleda, invito a todos a que recordemos a Álvaro Gómez Hurtado: líder, maestro y mártir. Educador, que de la nada fundó esta universidad, la cual en pocas décadas ha alcanzado la excelencia. Hombre fiel a sus ideas, pero lleno de la calidad humana que le permitía discutir e intercambiar con todos los sectores. Álvaro Gómez Hurtado reconoció aquel momento en el que no era posible quedarse callado, y era necesario llamar las cosas por su nombre. Ello le costó su vida, arrebatada de manera criminal a pocos metros de aquí.

Para terminar, agradezco la presencia de todos ustedes, conferencistas, asistentes, panelistas y moderadores. No les quepa duda de que los debates que aquí van a tener lugar fortalecerán nuestro acervo de ideas, y fortalecerán las renovadas aspiraciones de gobierno del Partido Conservador Colombiano.

Muchas gracias.

  • Andrés Julián Triana Rivera

    Tienen el audio?