¿Qué significa ser conservador?

Conferencia presentada ante el Encuentro Ideológico del Partido Conservador, Villa de Leyva, 17 de febrero de 2011.

  • LOGO TARJETÓN ELECTORAL JPG - copia

Conferencia presentada ante el Encuentro Ideológico del Partido Conservador, Villa de Leyva, 17 de febrero de 2011.

Andrés Mejía Vergnaud (Instituto de Ciencia Política)

Nos hemos reunido aquí para hablar de lo que significa ser conservador. Tal vez mi presentación resultará decepcionante para algunos, para aquellos que esperan la enunciación de una tabla de principios, de una lista de ideas o de conceptos cuya postulación o defensa convertiría a alguien en un conservador. Tal cosa, estoy convencido, no sólo es imposible, sino constituiría un engaño: decepcionados deberían sentirse ustedes si su conferencista invitado les ofreciera tal fórmula mágica, por cuanto estaría vendiéndoles mercancía falsa, y les estaría invitando a vivir en un mundo de ficticio bienestar que no conduce más que a la mediocridad. Lo que voy a decir a continuación puede resultar una afrenta para un auditorio conservador, pero es una verdad a la cual debo ser fiel: en materia de ideas políticas, lo eterno y lo inmutable son una ilusión. Por supuesto que hay principios que nos parecen ser más cercanos a tener estas calidades, y ellos pueden constituir un marco fundamental para la construcción de un programa político. Pero más allá de dicho marco se extiende un universo cambiante y móvil, dentro del cual no hay más opción que estar atentos y estar informados, para tener capacidad de reaccionar y de ofrecer a la sociedad programas de gobierno eficientes y satisfactorios. Se ha llamado conservadores a hombres que en su tiempo fueron liberales. Muchos de los autores a quienes ustedes reverencian, y a quienes no dudarían en calificar de conservadores, fueron considerados revolucionarios por los estamentos conservadores de sus épocas. De modo que los invito a que abandonemos la comodidad, y enfrentemos la dificultad que nos plantea la pregunta que nos convoca.

Dicha dificultad ha quedado establecida o sugerida en mis comentarios anteriores. Pero vamos a enunciarla con claridad: si tratásemos de formular una definición estricta y muy precisa de lo que significa ser conservador, hallaríamos que muchas de las personas o de las ideas que así han sido llamadas no satisfacen dicha definición. En primer lugar porque, como notarán ustedes, la palabra “conservador” parece tener un carácter relativo: “conservar” implica la idea de preservar lo que existe, o lo que hasta tiempo reciente ha existido. Y como lo que existe no hace más que cambiar, también cambiaría el contenido del concepto “conservador”. En el siglo XVIII, por ejemplo, “conservar” significaría preservar el orden feudal y monárquico en contra de la avanzada liberal y revolucionaria de esa época. Pero en el siglo XX se llamó conservadores a quienes quisieron preservar el legado de tal avanzada. “Conservar” en la Colombia del siglo XIX podría indicar el deseo de mantener la estructura social heredada de la Colonia. Pero otra cosa significaría en la Inglaterra de la misma época. O en la Colombia del siglo XXI.

Tal vez por esta circunstancia las ideas conservadoras carecen, al menos de manera nominal, de una cierta cosa de la cual el liberalismo sí es poseedor, de nuevo, al menos de manera nominal: un sistema de filosofía política de primera línea. Me explico. Existe en la historia de la teoría política un cuerpo doctrinario de inmensa importancia –fruto del esfuerzo de muy grandes filósofos– que constituye la filosofía política liberal. No existe nada similar para el conservatismo. Hallamos aquí prueba adicional de las dificultades que he señalado antes: los partidos liberales de hoy –viene a la mente el colombiano– no necesariamente se inspiran en la filosofía política liberal, y de hecho en ella se sienten más cómodos muchos conservadores. Del liberal Adam Smith reniegan en la sede del Partido Liberal colombiano; incluso un liberal contemporáneo como Isaiah Berlin cae mejor en círculos conservadores. A Hobbes, a quien yo considero el más lúcido de los liberales, no se le acogería bajo el estandarte de aquel partido. Y ni hablar de otros grandes teóricos del liberalismo, como Locke, Kant, o Hayek: en la sociedad actual, es más probable que quien coincida con los planteamientos de éstos sea llamado conservador.

Constaten ustedes cómo no hacemos más que cosechar dificultades. Pero constaten también cómo ellas nos van poniendo en el camino correcto: en este caso, nos han mostrado, que, al tratar de responder nuestra pregunta, debemos distinguir entre la teoría política, entendida como una rama de la Filosofía, y la vida política práctica. “Conservatismo”, así como “liberalismo” bien podrían significar cosas un tanto diferentes en cada uno de dichos ámbitos.

Todas las razones expuestas reafirman una inclinación personal, proveniente de mis estudios filosóficos: al momento de intentar una definición, al menos en un ámbito en el que no esté proscrita la ambigüedad (como la política), no hay mejor camino que el de examinar a qué se ha denominado con la palabra que intentamos definir. Si queremos, entonces, saber qué significa ser conservador, examinemos a qué se ha llamado conservatismo, y a quiénes se ha llamado conservadores. En este examen es inevitable pecar por defecto: nos quedarán sin examinar muchas vertientes conservadoras, pero trataremos de concentrarnos en las principales.

Empecemos por lo obvio. Se ha llamado conservador a quien defiende el orden social existente, o un orden social que ha sido objeto de reciente cambio. Esta categoría tiene numerosas variedades, diferenciadas de acuerdo a la razón por la cual se defiende lo existente o lo inmediatamente anterior.

Puede ser, para empezar, que se considere que lo existente o lo anterior se justifican por razones de índole religioso o metafísico. Procedían así quienes, en medio de la agitación de la modernidad, defendían las estructuras de la sociedad feudal o sus formas de gobierno, por considerarlas intrínsecamente superiores. Es decir, no porque produjesen mayor bienestar social o un mejor gobierno: su valor yace en su mismo ser. Viene a la mente Sir Robert Filmer (1588 – 1653), autor de Patriarca, libro tan influyente en su época que Locke escribió todo un tratado para oponérsele (el Primer tratado sobre el gobierno civil). Filmer dedicó su ensayo a defender la idea de que el poder de los reyes descendía directamente de Adán, y su respaldo era la voluntad divina. Aseveró también que la democracia era una forma de gobierno innatural. Ideas conservadoras, sin duda, las cuales estoy seguro no sostiene ni sostendría el Partido Conservador colombiano.

Partido que, por cierto, tuvo entre sus prohombres a un brillante exponente de esta forma de conservatismo. Se trata de don Miguel Antonio Caro, formidable intelectual, cuya defensa del orden tradicional seguía una línea aun más compleja y refinada. Caro, por supuesto creía en la superioridad indudable de las Escrituras, y no dudaba de que el poder político emanaba de Dios. Pero su defensa de lo tradicional va un paso más allá: el orden anterior ha de ser conservado por cuanto éste hace parte de la nación. La nación y su orden tradicional forman una unidad. Una Colombia no católica, por ejemplo, le resulta impensable: no por el hecho de que la mayoría de la población sea católica –cosa para él accidental– sino porque el catolicismo es un elemento esencial de su constitución: “El catolicismo es la Religión de Colombia, no sólo porque los colombianos la profesan, sino por ser una religión benemérita de la Patria y elemento histórico de la nacionalidad, y también porque no puede ser sustituida por otra”, dice Caro ante el Consejo Constituyente de 1886.

Hay una cierta vertiente cuyos pensadores coincidirían con los anteriores en las conclusiones, aunque su filosofía no sea exactamente la misma: se trata de quienes aprecian el orden social tradicional por considerarlo mejor en la práctica. Son muchos los autores que entrarían en esta importante categoría. Viene a la mente Justus Möser, defensor del orden feudal, quien se lamentaba de cómo la economía capitalista destruía la cultura señorial dentro de la cual, en su opinión, la población era más feliz.

Más hay otras formas de apreciar la tradición. Una de ellas, menos metafísica y más práctica, sostiene que toda evolución política ha de construirse necesariamente sobre lo anterior, por cuanto existen vínculos y circunstancias que hacen desaconsejable el rompimiento radical. Curiosamente, y en contra de una opinión mayoritaria, ubico dentro de esta vertiente conservadora a uno de los más célebres filósofos del liberalismo: a F. A. Hayek. Quien se tome en serio su teoría sobre la evolución social, forzosamente tendrá que concluir que no debe insertarse ningún elemento extraño en el proceso de cambio o evolución que sigue una sociedad, proceso en el cual ella va organizándose de acuerdo con sus propios mecanismos. Creo también que puede ubicarse en esta vertiente –aun cuando por razones diferentes– a nuestro Sergio Arboleda. Éste no renegaba del cambio, y por el contrario instó a los conservadores más tradicionalistas a aceptar el hecho de que América debía ser republicana: consideraba, sin embargo, que las instituciones han de evolucionar sobre las bases existentes, y tal cosa llevó a que su propio programa político fuese muy francamente conservador: “Queremos la República representativa fundada en la justicia, regida por la moral de la santa religión que profesamos…” (La República en la América española, p. 243).

Pero no sólo es conservador quien añora lo anterior: han sido también llamados conservadores quienes suscriben los principios del cambio, pero rechazan el modo como se están ejecutando tales cambios. Ésta, no dudaría yo en decirlo, es la más importante vertiente de las ideas conservadoras, y en ella han de encontrarse sus más brillantes momentos y sus más lúcidas páginas. Es una vertiente, dicho sea de paso, en la cual han habitado muchos pensadores liberales: fue la vertiente de la muy liberal Inglaterra, cuando se horrorizó ante el atroz devenir de la Revolución Francesa; fue la vertiente del magnífico Tocqueville; y lo fue, en nuestras latitudes, la de Bolívar, la del liberal José María Samper, la del liberal Rafael Núñez. Y creo ver a esta vertiente emparentada con la más lúcida de todas las actitudes en filosofía política: la desconfianza ante las utopías y ante las ensoñaciones revolucionarias extravagantes.

Pensemos en Tocqueville. En él tenemos a uno de los más grandes pensadores liberales, y también a un célebre conservador. Tocqueville no escribió contra los principios de la república, de la democracia y de la libertad: escribió contra las promesas utópicas en las que se hacía abuso de estos principios, y escribió contra los excesos que la Revolución Francesa cometió en su fase de delirio. Tocqueville, a quien llamamos conservador, no condenó el programa inicial de los revolucionarios franceses: “…el amor a la igualdad y a la libertad comparten su corazón (…) no sólo quieren fundar instituciones democráticas sino también instituciones libres; no únicamente destruir privilegios, sino reconocer y consagrar derechos…”. Pero sí condenó las desviaciones de éste. Aquí el conservador Tocqueville se muestra más liberal que nunca: su queja fundamental es que la Revolución terminó creando un despotismo mayor que aquel que pretendió abolir: “…un gobierno mucho más fuerte y mucho más absoluto que el derribado por la revolución recobra y concentra entonces todos los poderes, suprime todas aquellas libertades conquistadas a muy elevado costo…” (El Antiguo Régimen y la Revolución, p. 99).

No olvidemos que este mismo Tocqueville fue quien advirtió que también en la democracia podían atropellarse las libertades. Fiel como nadie al valor liberal de la primacía de la libertad y los derechos del individuo, vio que el enemigo de éstos era el poder en sí; el poder sin límites, sin importar si este era ejercido por un rey o por una mayoría democrática: “Cuando veo conceder el derecho y la facultad de hacerlo todo a un poder cualquiera, llámese pueblo o rey, democracia o aristocracia, digo: aquí está el germen de la tiranía…” (La democracia en América).

Y obsérvese el caso de Bolívar, uno de mis favoritos en esta vertiente. Tiene para mí especial significación, pues considero muy incomprendidas sus ideas políticas. Bolívar no era un conservador en el primer sentido que hemos descrito: en vano se buscará en sus escritos una reverencia por lo tradicional. De hecho, la Carta de Jamaica es una de las más elocuentes diatribas políticas contra un orden tradicional. Lo que sí hallaremos en Bolívar el teórico, en ese Bolívar que se aventura en la filosofía política, es la idea de que las instituciones y los cambios institucionales tienen unas ciertas condiciones de viabilidad y de éxito: tales condiciones radican, principalmente, en el carácter y la formación de los pueblos; en la preparación que éstos tengan para asumir un cierto orden político. No hay nada de autoritario en esta tesis, aun cuando nadie la sostiene hoy sin un poco de vergüenza: es casi un dogma el que la democracia y las libertades han de implantarse del mismo modo en todas partes. La experiencia suele mostrar sorpresas al respecto: sorpresas que no reducen ni ponen en cuestión el valor ético de la democracia y de la libertad. Simplemente llaman la atención sobre las condiciones prácticas de su vigencia; cosa de la cual es mejor ser consciente que estar en la ignorancia. Veo en Bolívar ante todo a un liberal y a un revolucionario: liberal, porque en su pensamiento hay defensas elocuentes de la libertad individual y de la abolición de los privilegios. Es un revolucionario, por cuanto propició la abolición de un orden establecido y el reemplazo de éste por un orden nuevo. Pero la cautela convivía con estos dos sentimientos: Bolívar temía que el grado de formación de nuestra sociedad civil fuera insuficiente para asumir en plenitud y de una vez la democracia, las libertades, y sobre todo el federalismo: “Generalmente hablando todavía nuestros conciudadanos no se hallan en aptitud para ejercer por sí mismos y ampliamente sus derechos; porque carecen de las virtudes políticas que caracterizan al verdadero republicano: virtudes que no se adquieren en los gobiernos absolutos, en donde se desconocen los derechos y los deberes del ciudadano” (Manifiesto de Cartagena, p. 25). He aquí otro ejemplo de cómo un liberal y revolucionario puede asumir una posición que será llamada conservadora. Una posición, valga la nota, que halla sus raíces en uno de los más excelsos pensadores del liberalismo, en Montesquieu, quien sostuvo que las leyes y las formas de gobierno han de adaptarse a las circunstancias del clima, de la geografía, y de la población.

Mencioné también a Rafael Núñez y a José María Samper. Ellos representan un matiz muy especial de la vertiente que estamos considerando. Militaron en el liberalismo, y lo hicieron con profunda convicción. De hecho, la pluma de José María Samper produjo el mejor de los textos políticos de estirpe liberal en Colombia, el Ensayo sobre las revoluciones políticas. Confrontados sin embargo con unas ciertas realidades, derivadas del modo como se habían implantado algunas instituciones liberales en Colombia, ambos pensadores llegaron a asumir posiciones de carácter conservador. Nos referimos por supuesto a la crisis de la Constitución de Rionegro: éste documento, admirable en cada una de sus líneas –pero admirable como obra filosófica– presidía sobre un régimen político que degeneró en lo que parecía ser la antesala de la anarquía total. Dicha situación hacía eco de las advertencias de Bolívar. Pero hacía eco sobre todo de las tesis del gran Thomas Hobbes, quien había aseverado que la mayor preocupación humana es la supervivencia, y que no hay orden social posible ni que brinde frutos allí donde reina la inminencia de la muerte.

Núñez y Samper se hicieron abanderados de un cambio cuyo estandarte principal era el orden. Un orden, sin embargo, cuya carga conceptual difería de aquella que manejaban los conservadores más doctrinarios como Caro. Era simplemente el orden para poder vivir: la condición de no hallarse amenazados en todo momento por el asesinato, por el saqueo y por la destrucción. Un orden, también, que significaba la necesidad de una administración central eficiente; en suma, de un gobierno que cumpliera con lo mínimo que de él se esperaba. Esto llevó a Núñez, por ejemplo, a la interesante posición de defender el papel institucional de la religión católica. Pero no por considerarla un elemento esencial de la nacionalidad, como creía Caro, sino por ver en ella un factor de unidad en medio de lo que parecía ser la inevitable disolución de Colombia. Como sostuve en algún texto, el secularismo de la Constitución de 1863 era para Miguel Antonio Caro impío; para Núñez era simplemente absurdo e insensato (“Religión y Nación en los debates…”)

Cerremos esta parte con una mirada a cierta actitud filosófica que ha sido llamada también conservadora: se trata de la desconfianza de la utopía. ¿Por qué hablo de una actitud, y no de una escuela, o de un grupo de pensadores? Porque el escepticismo ante la promesa utópica ha sido compartido por filósofos de muy diversa orientación. A mí, en particular, me seduce el enfoque del liberal Isaiah Berlin, pues considero que es él quien con precisión señala dónde radica el error filosófico de la utopía: en la inalcanzable pretensión de hacer realidad todo lo que el ser humano considera bueno y deseable. Berlin, muy anglosajón, muy liberal, muy hobbesiano, considera tal cosa un imposible, pues la realidad fundamental de la vida humana es el conflicto, es la imposibilidad de la armonía plena: incluso entre lo que consideramos bueno puede haber choques. Así, entonces, cualquiera que nos prometa una utopía está incurriendo en una suerte de estafa: “Admitir que la realización de algunos de nuestros ideales puede en principio hacer que la realización de otros sea imposible, equivale a decir que la noción de la plenitud humana total (léase: utopía –nota del autor–) es una contradicción formal, una quimera metafísica” (“Dos conceptos de libertad”, p. 213). Esta actitud, la cual, como decíamos, ha sido llamada conservadora,contiene también una admonición para los conservadores: el rechazo de la idea de utopía cubre a todo proyecto de esa estirpe, incluso a las utopías conservadoras.

*****

Hemos hallado poca comodidad en el terreno de la teoría política: como afirmé al principio, poco podíamos hacer como no fuese enumerar posiciones que han sido calificadas de conservadoras. Mal podríamos haber aspirado a una definición única, y nuestra mayor aspiración posible, para utilizar las palabras de un filósofo contemporáneo, sería el de hallar un grupo de teorías que compartan un cierto “aire de familia”.

Si eso ha dejado insatisfecho a alguien, si eso ha producido inquietud a quien venía en busca de una definición, mi consejo en este momento para esa persona sería el de no seguir escuchando esta intervención. Pues si en el ámbito de la teoría le ha parecido hallar desorden, lo que verá en el entorno de la política práctica le parecerá caótico. Allí encontrará que el uso del concepto de conservatismo es mucho más libre, más cambiante y menos uniforme. Tanto así, que ni siquiera podríamos aspirar a hacer un recorrido como el que realizamos anteriormente, al menos no en este breve espacio. ¿Qué teoría general puede hacerse, qué definición puede buscarse, allí donde se da el mismo nombre a personas tan disímiles? ¿Qué tienen en común Benjamin Disraeli y Sarah Palin? Sólo esto: a los dos se les ha llamado conservadores. Mariano Ospina Pérez tenía una visión orgánica de la economía y de la sociedad. Álvaro Gómez Hurtado fue liberal en ambos temas. Y nadie podría sostener que uno de los dos no fue conservador.

En los debates de la política práctica es mucho más agudo el carácter relativo del término “conservador”. Si en la teoría política puede llamarse conservador a quien hace trescientos años fue liberal, en los debates de la política cotidiana esa diferencia de tiempo puede ser de apenas unos pocos años. Y ni hablar de las diferencias de contexto social y geográfico: el programa del conservatismo francés sería intolerable por revolucionario en Libia. A la monarquía saudí se le tilda de conservadora, pero ningún conservador inglés aceptaría que le pusieran en la misma categoría con dicho régimen. El Partido Republicano de Estados Unidos, al cual todos califican hoy de conservador, fue fundado alrededor de una idea a la cual se oponían los conservadores de ese entonces, a saber, la abolición de la esclavitud. Llegados a este punto, por tanto, no tenemos otra opción que atender de manera muy cuidadosa a los matices y a las sutilezas. No tenemos otra opción que evaluar de manera independiente cada idea, cada propuesta y cada programa, y evaluarlos de acuerdo con sus méritos.

Me conduce esto a unas anotaciones finales. El fortalecimento del Partido Conservador requiere mayor reflexión en cuanto a ideas y programas. No quiero ser descortés con mis anfitriones, pero debo decir que en los años recientes, si bien el Partido Conservador ha recuperado espacios de poder político, de manera paralela se le ve bastante opaco y apagado en cuanto a ideas. Ese déficit no se cubrirá con la adopción apresurada de una propuesta de carácter religioso –me refiero, por supuesto, a la idea de eliminar las excepciones a la penalización del aborto–; tampoco se cubrirá con el endoso que se hizo de la política de seguridad del presidente Uribe; nadie es conservador por enarbolar una bandera que debería ser obvia para cualquier partido que suscriba las bases fundamentales del orden constitucional: la autoridad legítima del Estado debe ejercerse sin excepciones en todo el territorio. A decir verdad, lo único que permite que se diga que ésta es una política conservadora, y que se diga tal cosa impunemente, es que el despiste ideológico es aun mayor en el Partido Liberal.

Sólo existe una manera de cubrir el señalado déficit, aun cuando implica un esfuerzo sostenido que dista mucho de ser fácil. No es otra cosa que el trabajo constante y plural en ideas y en programas. Olviden los dogmatismos. No aspiren a tener un credo inmutable: tal cosa es innecesaria, pues seguramente comparten ustedes unos cuantos principios en común. El rasgo más visible de los grandes partidos políticos del mundo, en cuanto a ideas se refiere, es que no hay en ellos una cerrada unanimidad: los grandes partidos representan sectores afines del gran arco de las ideas políticas. Dichos sectores se unen bajo la misma bandera por cuanto tienen algunas afinidades. Más no lo hacen porque coincidan completamente en todas las materias. Y esta diversidad, valga la paradoja, resulta ser la garantía de la unidad y del éxito de los partidos. Solamente se torna amenazante cuando las diferencias se hacen muy amplias. Así, por ejemplo, el llamado Tea Party ha puesto en riesgo la unidad del Partido Republicano de Estados Unidos. El partido conservador israelí Likud sufrió la secesión de quienes se agruparon en el partido Kadima. Pero en circunstancias normales hay que convivir con la diversidad. Cosa que no obsta, sin embargo, para que se identifiquen algunos principios fundamentales. Ellos, como decíamos al principio, pueden constituir un marco mínimo de entendimiento dentro del cual habitarían diversas posiciones. De hecho esto hizo en sus inicios el Partido Conservador colombiano: como bien muestra Jorge Ospina Sardi, los principios del primer programa conservador –con una sola excepción– no hacen más que expresar valores republicanos y democráticos (Mariano Ospina Rodríguez, p. 29).

Ahora bien, el Partido Conservador, como cualquier otro partido, debe empeñarse en un trabajo permanente y abierto de ideas y programas. Debe tener grupos de estudio. Debe hacer observación permanente de las políticas gubernamentales y de la agenda legislativa. Debe publicar sus reflexiones, y hacerlas llegar a la opinión pública. Debe elaborar propuestas de gobierno, y tal elaboración debe tener el carácter más profesional y técnico posible. Debe celebrar encuentros programáticos e ideológicos. Sólo mediante tal trabajo, arduo y difícil como es, las diferentes vertientes que conviven en el Partido Conservador podrán hacer oír sus voces. Al abrir las puertas a esta diversidad, que es una diversidad activa, el partido encontrará su identidad. Y sin duda puede y quiere hacerlo: el foro que hoy nos convoca es prueba viva de ello.

Referencias

Arboleda, Sergio. La República en la América española. Bogotá: Biblioteca Banco Popular, 1972.

Berlin, Isaiah. “Two Concepts of Liberty”. Liberty (Henry Hardy, ed.). Oxford: Oxford University Press, 2002.

Bolívar, Simón. Escritos políticos. Bogotá: El Áncora – Panamericana, 2002.

Mejía Vergnaud, Andrés. “Religión y Nación en los debates del Consejo Constituyente de 1886”. Inédito, 2008.

Ospina Sardi, Jorge. Mariano Ospina Rodríguez. Bogotá: Fundación Konrad Adenauer, Corporación Pensamiento Siglo XXI, 2006.

Tocqueville, Alexis de. El Antiguo Régimen y la Revolución. México: Fondo de Cultura Económica, 2006.

__________________ Democracy in America. New York: Harper Collins, 1988.

Categorías